Llegó el momento de hacer
balanza. Ha sido un año par, sí, pero no ha traído la suerte que solían. Y es
que desde ese octubre de 2011 me di cuenta de que a lo mejor, los impares eran
los míos. El 2016 se va, por fin, y a menos de diez días de que acabe puedo
decir que ha sido el peor año de mis 22 de vida. Ha sido el año de los cambios,
más que nunca, mayores que nunca. El año de la tristeza, de la alegría disfrazada,
del arrepentimiento. No ha seguido una línea general clara y hacia una
dirección, cada mes ha tenido sus más y sus menos, cada semana ha tenido días
grises y menos grises, incluso en un mismo día se ha pasado de la tristeza
absoluta a la mayor alegría, y viceversa. Enero comenzó ya agridulce, con un ‘tú tienes un problema’. Y lo tenía,
efectivamente. Pero se pasó como se pudo, mudo, pudiendo disfrutar aún de un
trozo de ti de verdad. Febrero pasó desapercibido, sin saber lo que se le venía
encima. Y así llegó marzo, ese miércoles dos, que todo lo truncó, todo lo
vació. Como ya he dicho en reiteradas ocasiones, marzo nunca fue un buen mes. Excepto
por una cosa que ya bien sabemos todos. El tercer mes de este dos mil dieciséis
se ha llevado el premio gordo. Aprendí que nunca puedes acostumbrarte a algo, o
mejor dicho, a alguien. Que de dormir acompañada durante cuatro años pasas a
tenerte a ti misma en una cama en la que sobra tanto, tanto espacio, que parece
que nadie podrá llenarlo otra vez. Pero entonces llegó abril y aunque el
principio se pareció demasiado al mes anterior, a finales trajo un soplo de
aire fresco de la costa, renovado. ¿Equivocación? Tal vez. Pero durante una
pequeña etapa consiguió llevarse más sonrisas que nadie, consiguió trasladarme
a otro universo en el que la pena quedaba en un segundo plano. Personas que
llegan de la nada, que se convierten en mucho muy rápido. Mayo siguió igual,
pero trajo consigo el primer arrepentimiento, con lágrimas a las cuatro de la
mañana y en mitad de la calle, y yo no consentí que te durmieras en la cama que
durante tanto tiempo fue la tuya. El principio del verano llegó con nuevos y
atrevidos planes, y algún que otro examen al que se le prestó muy poca
atención. En julio hice el viaje de mi vida con la persona equivocada, aunque
nunca olvidaré cada segundo con ella a mi lado. Fue especial, llegué a querer y
llegué a sentir cosas que, de no ser por los malditos recuerdos, podrían haber
llegado a ser algo realmente memorable. Pero los viajes te ayudan a darte
cuenta de muchas cosas. Y yo estaba empezando a quitarme la venda de los ojos.
Quizás me fui a lo fácil, pero el 1 de agosto me llevó de nuevo hasta tus
brazos y no pude decir que no. No quise decir que no. Eras tú, tus besos, tu
cuerpo y tu risa. Y de sobra sabemos de mi debilidad. Muy poco a poco volvimos
a sentir las mismas ganas de tenernos de siempre, de querernos más que nunca.
Pero entonces septiembre vino para echarlo todo por alto. Y quien dice
septiembre dice Glory. Porque yo fui la única culpable de perder a lo mejor de
mi vida y de la forma más ruin posible. Todavía no me explico cómo puedes dañar
tantísimo a la persona por la que morirías una y otra vez si hiciese falta. Lo
volvía a tener todo. Pero lo volví a perder por no saber decir no, por dejarme
llevar demasiado y por ser una inconsciente. Pero ahí estabas tú, debatiéndote entre
el odio y el amor, entre el ahora quiero verte y ahora no. Pero yo seguí
jodiéndolo todo, si ya estaba, conseguí que lo estuviera el doble. Pero octubre
me cayó como un jarro de agua fría. Helada, congelada. Cristales. Y cada uno
arañaba como el que más, hasta que las mismas heridas me obligaron a despertar
de ese sueño-pesadilla, para darme cuenta de que no estaba haciendo lo que
quería. Pero me tiré a la piscina para nada, porque ya no había nadie allí.
Noviembre y diciembre se han pasado con un tira y afloja continuo del que he
acabado realmente agotada. Tú ya no eres la misma, yo intento serlo y tampoco
me sale. Porque ha habido mucho malo, y si no se ha podido cambiar ya, dudo que
pueda en algún momento. Pero como te dije la última vez, búscame siempre que
quieras, que ojalá yo siga teniendo eternamente estas ganas de morir a tu lado.
Necesito poder perdonarme,
necesito que lo malo no emborrone tanto bueno. Necesito que tú me perdones y
que aunque nunca más pueda disfrutar de estar con el amor de mi vida, sepa que
lo que se ha llevado de tanto compartido, son buenos recuerdos.
Adiós 2016, gracias por hacerme aprender
tanto. Gracias por demostrarme quien me quiere (o ha querido) de verdad. Adiós
al año de las lágrimas y las canciones tristes.
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