jueves, 22 de diciembre de 2016

Sólo he venido a decir adiós

Llegó el momento de hacer balanza. Ha sido un año par, sí, pero no ha traído la suerte que solían. Y es que desde ese octubre de 2011 me di cuenta de que a lo mejor, los impares eran los míos. El 2016 se va, por fin, y a menos de diez días de que acabe puedo decir que ha sido el peor año de mis 22 de vida. Ha sido el año de los cambios, más que nunca, mayores que nunca. El año de la tristeza, de la alegría disfrazada, del arrepentimiento. No ha seguido una línea general clara y hacia una dirección, cada mes ha tenido sus más y sus menos, cada semana ha tenido días grises y menos grises, incluso en un mismo día se ha pasado de la tristeza absoluta a la mayor alegría, y viceversa. Enero comenzó ya agridulce, con un ‘tú tienes un problema’. Y lo tenía, efectivamente. Pero se pasó como se pudo, mudo, pudiendo disfrutar aún de un trozo de ti de verdad. Febrero pasó desapercibido, sin saber lo que se le venía encima. Y así llegó marzo, ese miércoles dos, que todo lo truncó, todo lo vació. Como ya he dicho en reiteradas ocasiones, marzo nunca fue un buen mes. Excepto por una cosa que ya bien sabemos todos. El tercer mes de este dos mil dieciséis se ha llevado el premio gordo. Aprendí que nunca puedes acostumbrarte a algo, o mejor dicho, a alguien. Que de dormir acompañada durante cuatro años pasas a tenerte a ti misma en una cama en la que sobra tanto, tanto espacio, que parece que nadie podrá llenarlo otra vez. Pero entonces llegó abril y aunque el principio se pareció demasiado al mes anterior, a finales trajo un soplo de aire fresco de la costa, renovado. ¿Equivocación? Tal vez. Pero durante una pequeña etapa consiguió llevarse más sonrisas que nadie, consiguió trasladarme a otro universo en el que la pena quedaba en un segundo plano. Personas que llegan de la nada, que se convierten en mucho muy rápido. Mayo siguió igual, pero trajo consigo el primer arrepentimiento, con lágrimas a las cuatro de la mañana y en mitad de la calle, y yo no consentí que te durmieras en la cama que durante tanto tiempo fue la tuya. El principio del verano llegó con nuevos y atrevidos planes, y algún que otro examen al que se le prestó muy poca atención. En julio hice el viaje de mi vida con la persona equivocada, aunque nunca olvidaré cada segundo con ella a mi lado. Fue especial, llegué a querer y llegué a sentir cosas que, de no ser por los malditos recuerdos, podrían haber llegado a ser algo realmente memorable. Pero los viajes te ayudan a darte cuenta de muchas cosas. Y yo estaba empezando a quitarme la venda de los ojos. Quizás me fui a lo fácil, pero el 1 de agosto me llevó de nuevo hasta tus brazos y no pude decir que no. No quise decir que no. Eras tú, tus besos, tu cuerpo y tu risa. Y de sobra sabemos de mi debilidad. Muy poco a poco volvimos a sentir las mismas ganas de tenernos de siempre, de querernos más que nunca. Pero entonces septiembre vino para echarlo todo por alto. Y quien dice septiembre dice Glory. Porque yo fui la única culpable de perder a lo mejor de mi vida y de la forma más ruin posible. Todavía no me explico cómo puedes dañar tantísimo a la persona por la que morirías una y otra vez si hiciese falta. Lo volvía a tener todo. Pero lo volví a perder por no saber decir no, por dejarme llevar demasiado y por ser una inconsciente. Pero ahí estabas tú, debatiéndote entre el odio y el amor, entre el ahora quiero verte y ahora no. Pero yo seguí jodiéndolo todo, si ya estaba, conseguí que lo estuviera el doble. Pero octubre me cayó como un jarro de agua fría. Helada, congelada. Cristales. Y cada uno arañaba como el que más, hasta que las mismas heridas me obligaron a despertar de ese sueño-pesadilla, para darme cuenta de que no estaba haciendo lo que quería. Pero me tiré a la piscina para nada, porque ya no había nadie allí. Noviembre y diciembre se han pasado con un tira y afloja continuo del que he acabado realmente agotada. Tú ya no eres la misma, yo intento serlo y tampoco me sale. Porque ha habido mucho malo, y si no se ha podido cambiar ya, dudo que pueda en algún momento. Pero como te dije la última vez, búscame siempre que quieras, que ojalá yo siga teniendo eternamente estas ganas de morir a tu lado.

Necesito poder perdonarme, necesito que lo malo no emborrone tanto bueno. Necesito que tú me perdones y que aunque nunca más pueda disfrutar de estar con el amor de mi vida, sepa que lo que se ha llevado de tanto compartido, son buenos recuerdos.


Adiós 2016, gracias por hacerme aprender tanto. Gracias por demostrarme quien me quiere (o ha querido) de verdad. Adiós al año de las lágrimas y las canciones tristes.

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