Me he dado cuenta de que me has convertido en una maniática total. Pero en una adorable. Hasta eso de ti tenía su encanto. Y por qué no, hoy me apetece echar la vista atrás (como si alguna vez hubiera mirado realmente hacia adelante) para recordar esos pequeños gestos que tanto me enervaban, pero hacían reír. El momento de la ducha tenía todo un procedimiento anterior y posterior que debía realizarse de forma estricta y con sumo rigor. Especialmente si era invierno. Una toalla que secara -mucho- era totalmente obligatoria, y limpia. Unas bragas no demasiado grandes pero mucho menos pequeñas. El calefactor encendido desde un rato antes y una esponja que nadie hubiera usado. La mascarilla cuanto más rato, mejor, que así luego olía mucho, y cuidado con no frotarle la espalda. El agua calentita todo el rato, pero siempre un poco más fría para la cara. Para salir no podías abrir la cortina bajo ningún concepto, hasta que no se hubiera secado un poco previamente. Que cogía una neumonía del frío, vaya. Odiaba secarse las piernas y los pies, eso siempre me tocaba a mi, pero ni pensado lo de secar entre los dedos, no había cosa que le diera más coraje. ¿Y qué decir de cambiar las sábanas de la cama? Cuánto más, mejor, y siempre con pijama y pelo lavado la primera noche. Igual con el tabaco. Odiaba que su pijama oliese a eso y no lavarse las manos antes de acostarse. Igual que lavarse los dientes por la mañana aunque llegase dos horas tarde. Eso se hace. La persiana bajada, hasta abajo. Y ni se te ocurra acercarle los pies fríos en invierno, que se enfada para toda la noche. La cerveza siempre en vaso y las camisetas largas pero no demasiado. Los pantalones que le hagan el culo como a ella le gusta, y la pepsi que no sea light.
En fin, horas y horas podría estar contándoos cualquier detalle especial suyo. Porque lo siento, pero la conozco como nadie y la seguiré conociendo pase el tiempo que pase. Cambie lo que cambie y esté con quien esté.
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