Tengo rabia. Estoy indignada. Hoy
toca esto. Fruncir el ceño y querer gritar como si así pudiera librarme de esta
presión. Liberar el dolor. He abierto todas las ventanas, incluso he construido
puertas. He provocado vendavales y casi huracanes, pero nada ha salido acompañando
al soplo de aire. Todo se queda en una mente agotada, un corazón agrietado
esperando regenerarse y en un cuerpo débil pero increíblemente nervioso. ¿Por
qué si? ¿Por qué no? ¿Y si sí? ¿Y si no? ¿Y si quizás?... Me han activado el
modo repetición. Las mismas preguntas una y otra vez sin descanso y consiguiendo
sólo una respuesta: silencio. Nada por allí, nada por aquí, nadie que diga que
no y sobretodo nadie que diga que sí. Sólo indiferencia.
Me siento rara, las tardes se
pasan tan lentas y aburridas que parece que al día le han duplicado las horas.
Ya nada es digno de ser marcado en el calendario. Nada pasa, nada importa. No
queda nada en mis manos, ni tampoco en mi habitación. Nada muestra que compartí
la vida con una persona que me hizo perder el sentido y me dio lo mejor de sí
en todo momento. Y eso es lo peor. “Que gran paso”, dicen. Qué cobarde darlo
cuándo sabes que lo único que consigues es doblar eso que tanto luchas por
disuadir. Me pregunto si algún día dejarás de ocupar todo mi tiempo. Y eso que
ya no estás en mi vida.
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