No había encontrado el momento
hasta ahora. Llamadme débil, lo soy, hoy más que nunca. Pero cada letra que
empleo en describir sentimientos es un pequeño clavo que se clava en
esta herida sin posibilidad de ser cosida. Añoro demasiadas cosas como para
enumerarlas aquí y a vista de todos. Pero a grandes rasgos puedo decir que me
echo de menos a mí misma. Sí, sí, no soy yo quien se ha ido, es cierto, pero
soy yo la que me quedo encerrada en una habitación cuyas puertas y ventanas han
sido tapiadas con la mayor brutalidad del mundo.
Uno piensa, es irremediable, y se
cree fuerte, y se cree capacitado para controlar su vida, pero no os engañéis,
acabará sucediendo algo que romperá todo esquema que creamos tener, y así
pasará un día y pasará otro, y seguirás sin reconocer a aquella chica que no se
encuentra ni delante del cristal; que no es capaz de mirarse, ni quiere, porque
si ya es doloroso sentir como caen lágrimas por un rostro sin color, peor es
verlo en un espejo que te juzga incesantemente.
Y es que cualquiera podría pensar
que escuchar Marry You de Bruno Mars y
llorar de pena puede ser antecedente de un fuerte episodio de locura, quién
sabe si pasajero. Estaré loca. Te habrás llevado toda la cordura que me
mantenía en pie y que me hacía levantarme cada mañana. Pero igual que te has
llevado la cordura te has llevado mi vida, o peor, mis ganas de vivir. Ahora
deben de sobrarte, ¡qué suerte! Te has hecho con un paquetito de ganas que guardarás para cuando a ti te falten. Quién
lo diría, ases en la manga entrando en la boca del lobo. Todo junto. Tan
mezclado como mi habitación, presa, al igual que mi cabeza, de tu olor y de tu
esencia.
Estamos muy mal acostumbrados. El
mundo se pone de acuerdo para darte todo aquello que necesitas, pero de
repente, un día, miras alrededor y ves que ni su ropa está tirada por el suelo.
Ya no serás tú quien la desnudes a la luz amarillenta de una farola. Ya no
serás tú la que le recorras el cuerpo suspirando por cada pelo que se eriza, ni
tampoco serás quien le diga ‘Te amo’ después de entregarle tu cuerpo y tu alma <<en
un completo>> inolvidable. Pero eso no es lo más triste, no nos
engañemos, lo verdaderamente doloroso es no cuidarla cuando está enferma, o
hacerla reír cuando está desganada. La risa. Que cosa tan maravillosa. Cómo
puede llenar más que las palabras más sentimentales de cualquier poeta, como
puede hacer vibrar al corazón de esas formas tan sobrehumanas, como un acto
casi-reflejo y natural puede llenar de ilusión el cuerpo más destrozado… Nunca
le encontraré sentido, pero si algo he de recordar hasta que mis días se acaben
será eso. Su felicidad.
Enamoráos, sin dudarlo, cuanto
más mejor. Y disfrutad. Y valorad cada carcajada, y cada beso. Valorad incluso
que se enfade. Porque aunque un día no lo tengáis, que es lo que pasará
prácticamente con toda seguridad, habrá valido la pena. Y aunque no podáis
evitar dejar atrás ese 100% que son incapaces de daros, habréis sido
inmensamente felices, y eso, amigos, es la moraleja de cada historia que nos
cuentan.
Y tened algo en cuenta: no habrá un
solo día en el que un suspiro no se escape por su ausencia, o por la tuya propia.
Gracias, mi M.