He llegado a un punto en mi vida en que no quiero a nadie especial. No quiero te amos, ni te quieros, ni te necesitos, ni te echo de menos. Quiero personas y camas desconocidas. Que no pidan más de lo que dure una noche. Que no pregunten por heridas ni por nada, que se limiten a hacerte olvidar durante veinticuatro horas -o menos- que le diste tanto a una persona que te quedaste vacía. Y cómo te quedaste vacía no tienes nada para dar. Una borrachera y un paquete de tabaco, y si te pilla un buen día, un par de besos con los ojos bien cerrados. Para olvidar que no sabes lo que estás haciendo.
Llega un momento en el que nada te llena, nada quieres, nada buscas, nada esperas. Y vives sin más. Alguien diría que únicamente sobrevives. Pero al menos, durante ese tiempo, te olvidas de lo que es estar triste.
Vivir deprisa para estar siempre contentos. A veces creo que incluso merece la pena. Lo que sea por que esta agonía llegue a su fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario