Ni aquel marzo de dos mil trece se asemeja a este septiembre. Siempre he odiado este mes, lleno de despedidas, repleto de cambios, saturado de incertidumbre. Es el momento de decir adiós a muchas cosas, y de -inevitablemente- saludar a otras nuevas. Es el mes en el que los recuerdos duelen el doble y los momentos se vuelven demasiado efímeros. Apenas te da tiempo a saborearlos. Y entonces te paras, necesitabas hacerlo, llevabas viviendo sin pensar demasiado tiempo. Stop. Stand by. Sal de la burbuja y empieza a vivir. Pero párate antes a pensar en las consecuencias. En lo que quieres, en lo que se puede convertir tu vida. En lo que puedes ganar, a quien puedes perder. Y arrepiéntete, o no. Pide perdón si te has equivocado y acepta que, posiblemente, de diez decisiones que tomas, en nueve te hayas equivocado. Pero así va esto, vaivenes constantes.
Quizás es hora de dejar de ser una veleta a la que mueve cualquier soplido de viento, por pequeño que sea. A veces somos incluso capaces de controlar eso. Sólo hay que intentarlo de verdad.
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