Confianza, apoyo, felicidad. Secretos inconfesables, momentos
increíbles, noches infinitas; años, muchos años.
Ignorancia, indiferencia.
Solo dos palabras para resumir en qué se ha convertido.
Cambios de la noche a la mañana, palabras vacías, silencios eternos. Incomodidad repentina. Falta de comunicación.
Distancia, distancia dolorosa. Negación de saludo, falta de respeto; olvido.
Ignorancia, indiferencia.
Solo dos palabras para resumir en qué se ha convertido.
Cambios de la noche a la mañana, palabras vacías, silencios eternos. Incomodidad repentina. Falta de comunicación.
Distancia, distancia dolorosa. Negación de saludo, falta de respeto; olvido.
Y así es como se abrevia una relación de 15 años. ¿Triste,
eh? Pero cierto. Tantas promesas, tantos planes, tantas palabras que ya no
significan nada. Lo peor es tenerlo asumido, y no poder hacer nada. Lo peor es
que después de largas noches de reflexión el pensamiento siga apareciendo sin
solución alguna. Ni siquiera miradas, no, ni una. ¿Vergüenza? ¿Pasotismo? Quién
sabe. Yo ya me harté de hacerme preguntas que nunca nadie me respondió, y tras
una lucha incesante sin conseguir nada, una desiste. Desiste con todo el dolor
del mundo, sabiendo que no hay nada más que intentar, porque sola se consigue
bien poco. Supongo que todo acaba, al menos eso dicen. Es tu culpa, todo es tu
culpa, tú me acostumbraste, ¿y ahora? Nada, preguntas que siguen sin respuesta.
Me he cansado de ser una estúpida, lo siento, aunque tú no lo hagas. No me
queda más remedio que quedarme con el tópico de “fue bonito mientras duró”,
pero ya hasta me cuesta creer eso.
Ahora solo espero una cosa, y es que alguna vez en la vida
te sientas como yo me he sentido. Y digo sentido, sí, en pasado, porque se
acabó, para siempre, ahora voy a ser yo la que no mueva ni un dedo, aunque tú
tampoco lo ibas a mover nunca más.